Se dirigía Aldemaro Romero, en taxi, hacia Juan Sebastian Bar; cuando el chofer avizoró el local, comenzó a menear la cabeza de un lado a otro y, con unos chasquidos de lengua, exclamó: “¡Pobre gente!". Extrañado, Aldemaro le preguntó a qué se refería. El taxista, asumiendo un tono aún más conmiserativo, le señaló la fachada de ladrillos rojos del conocido bar, añadiendo: “Seguro que a esa pobre gente no le alcanzó el dinero para terminar la construcción y tuvieron que dejar la pared así, con los ladrillos pelados”.

      En todos los detalles, desde que abrió sus puerta en lo que ahora es el epicentro financiero de El Rosal caraqueño, y en patente contraste con la arquitectura postmodernista que lo rodea, Juan Sebastian Bar sigue siendo un local sui generis, pues su llamativa decoración nunca obedeció a ningún estilo, moda, ni época.

      Después de considerar algunos nombres creativos ligados a la música (Barniel Santos; Bar Thoven; etc.), se eligió el ingenioso y sofisticado Juan Sebastian Bar, el cual resultó ser tan acertado como su decoración y ambiente, con la figura del propio Juan Sebastian Bach, cubiertos en mano, mostrado en el lucido logotipo del local (diseñado por Jorge Blanco “El Náufrago”). A la cálida y original decoración, con su puerta recubierta de corchos y la barra iluminada internamente a través de fondos de botella, se le añadió la selección estratégica de música de cocktail lounge y jazz liviano, lo cual aseguró su trascendencia y permanencia en el tiempo, aunque su bitácora artística incluye grupos de Dixieland y otros de onda moderna y salsa.

      Descartada aquella música neutra conocida como Muzak, calificación genérica de la marca registrada que provee música ambiental, especialmente programada para lugares públicos (hoteles, automercados, aeropuertos, malls, etc.), el JSB adoptó el mejor repertorio jazzístico moderado y standards populares internacionales. Éste estaba a cargo de los grandes de todos los tiempos: Frank Sinatra, Tonny Bennett, Ella Fitzgerald, Stan Gets, Henri Mancini y todos los brasileros que tenían algo que decir con su creativa música (Jobim, etc.). A todo ello se le agregaron los maestros del mood music orquestal y pianístico, con lo cual se logró un ambiente de alta sofisticación y buen gusto que la clientela apreciaba.

      En los cassettes de música ambiental se intercalaban cortas viñetas de Bach cuidadosamente extraídas de Switched-On-Bach , a cargo de Walter Carlos y su Moog Synthetizer (el maravilloso invento de Robert A. Moog que contribuyó a imprimirle un toque de romance a lo que comenzaba a vislumbrarse como la era de la High Tech ).

      En lo concerniente a la música en vivo, se buscaba un balance efectivo entre la música de Everardo Ordaz, sin tanta floreatura, y Eddie Duchin, con un repertorio moderno más bien dentro de la onda de Oscar Peterson y Erroll Gardner. En ese renglón cumplió una importante labor, durante muchos años, el Trío de Virgilio Armas, cuyo vasto repertorio fue impreso en un extenso Menú Musical que le permitía a los clientes seleccionar sus peticiones. Entre las más solicitadas durante algún tiempo figuran De repente y Venezuelan Fiesta de Aldemaro Romero, amigo de la casa, y a su retorno de su periplo por Madrid, Londres y Hollywood, asiduo comensal en el bar y el comedor.