Virgilio recuerda que “cierta noche se apareció Jacques Braunstein con un señor gordito, de cabello y bigotes blancuzcos. Tocaba Venezuelan Fiesta ; de pronto, el señor extrae de su bolsillo una mini-armónica y empieza a improvisar de una manera asombrosa. Tocamos varios temas y, al final, Jacques me lo presentó: era Jean ‘Toots' Thielemans”.

      A lo largo de los años, al del fenomenal virtuoso belga de la armónica en el mundo del jazz, también se sumaron los nombres de otras figuras de notable relevancia artística, algunos mostrando su destreza musical espontáneamente y otros como visitantes de postín.

      Entre las grandes cantantes fue Nancy Wilson, ex vocalista de la orquesta de Billy May y estrella del jazz que cruzó la frontera hacia la música ligera de calidad, la primera en conocer el local. Aunque ello ocurría cuando recién se terminaban las obras civiles, la gran cantante manifestó que, aún así, ya podía “sentir” el ambiente, vaticinando un seguro éxito. La intuición de Nancy no le falló pues, desde su apertura en julio de 1973, Juan Sebastian marcó época.

      De aquella etapa, que abarcó los primeros cinco años del local, entre tantas estrellas y celebridades recordamos la visita de Pérez Prado, Tito Puente, Bobby Capó, Nelson Pinedo, Pedro Vargas, Leo Marini, Damirón, María Victoria, Alfredo Sadel, Libertad Lamarque, Ray Barreto, Billo Frómeta, Mirla Castellanos, Rubén Fuentes, Lucho Gatica, Olga Guillot, Marco Antonio Muñiz, Julio Gutiérrez, Vikki Carr y Armando Manzanero, para no hacer la lista muy larga, si bien ésta no estaría medianamente completa si dejáramos de mencionar el nombre inconfundible de Sergio Mendes y su Brasil 66, llevado de la mano por el empresario Julio César Cova. (Los primeros que “estrenaron” el local fue el Zimbo Trio, en los días de su apertura).

      Además de las habituales intervenciones nocturnas del excelente trío de Virgilio, durante varios meses hizo temporada, y causó sensación, una camerata uruguaya de nueve músicos que tocaba en horas del almuerzo cuando el ambiente del mediodía se tornaba como si fuera medianoche. Piano, contrabajo, violoncelo, violas y violines deleitaban a la numerosísima clientela que abarrotaba los recién inaugurados almuerzos con pequeñas joyas clásicas, armoniosamente combinadas con gratas melodías universalmente conocidas. Sus particulares arreglos eran ejecutados con la impecable fineza y maestría con la que un chef de cocina presenta un delicado soufflé.

      En tan agradable y comedido ambiente, cierta vez el público aplaudía al final de una cadenciosa interpretación de Beguin the Beguine. Le había precedido una corta viñeta de Mozart. De pronto irrumpió la voz tronante, clara y contundente del entonces animador de televisión César Lemoine quien, sorpresivamente, gritó desde la barra: “¡Tóquenme La saporrita !”. Era ésta la pieza de moda que se refería a una gordita, y que sonaba en las radioemisoras con la Banda de don Filemón. Su género no cuadraba con el fino estilo de la Camerata. Al finalizar el set, el cortés director del grupo se le acercó a César y, con irónica fineza, le señaló que su repertorio no incluía ese tipo de música pero que si lo deseaba, ellos podían hacer una excepción y para la semana siguiente, podían complacerlo con un número especial: ¡ El caimán !