A partir de 1978, ya bajo nueva administración (encabezada por José Ornelas y Juan Freitas Reis), Juan Sebastian Bar amplía sus espacios en una contundente remodelación a cargo del entonces famoso Diseñador de Interiores José María de la Guerra. Con la imagen varias veces remozada, el concepto se mantiene intacto y permanece en el tiempo la historia de un local que sabe reinventarse una y otra vez para mantenerse como “El Templo del Jazz”, referencia obligada y reducto preferido de las noches caraqueñas. Durante su madurez artística, han pasado por la tarima del JSB, de forma voluntaria o bajo contrato, el Zimbo Trío, Paquito D'Rivera, Arturo Sandoval, Gonzalo Rubalcaba (realmente González), Thomas Chapin, Dan Brubeck, Nathaniel “Nat” Adderley (hermano de Julian “Cannonball” Adderley), Bobby Carcassés, Ron Carter, Maira Valdés, Djalma Correia, Anat Cohen, José Quintero (padre de Frank Quintero ), el “Cholo” Ortiz, Gerry Weill, Odmaro Ruiz, Orlando Poleo, Aquiles Báez, Leo Blanco,Alberto Naranja, Alfredo Naranjo, Andres Briceño, Benjamín Brea, Biella Da Costa, Federico Britos, Gillese Brass, Huáscar Barradas, Leo Quintero, Luis Perdomo, Marisela Leal, Ofelía del Rosal, María Rivas, Frank Quintero, Ilan Chester, Porfi Jiménez y su Jazz Band, Oscar Maggi, Junior Romero y otros grupos, además de algunos de los fijos de la casa como: Víctor Cuica, Cristóbal Pitalúa, Rodolfo Reyes, Giovanni Ramirez, Eleazar Yánez, Oscar Rojas, César Orozco, Dayhan Montiel, Hana Kobayashi y Pedrito López, quien se destacó fuera del país al ser escogido para tocar con Paquito D'Rivera para después pasar a la orquesta de las Naciones Unidas (a cargo de Dizzie Gillespie).

      Una cita muy especial la merece Chucho Valdés, por haber sido el primero de los grandes nombres en visitar el local en el año 2000, lamentablemente impedido de tocar por restricciones de índole contractual.

      Hoy día, desde la tarima de Juan Sebastian Bar, aún suenan orgullosos los sonidos de grandes estrellas y talentos del jazz, bajo la intimidad que se ofrece para la expresión de este sonido universal. El tiempo será el relator de más historias y más música cual referencia obligada de una Venezuela cuya historia cultural y musical se divide en antes y después de Juan Sebastian Bar.

      Por tratarse de un plato relativamente exótico, pero por décadas asociado con la nocturnidad caraqueña (desde los tiempos del Trocadero y el Longchamps de Pierre René Deloffre), tuvo amplia demanda la sopa de cebolla, la cual se servía acompañada de un “pergamino” de glasé, enrollado y amarrado con una cintica, el cual tenía impreso el original poema que Aquiles Nazoa escribiera sobre el tema. Renny Ottolina, quien había conocido al poeta en el local, invariablemente llevaba consigo copia de los geniales versos y solía leérselos a todo el mundo en el comedor de Juan Sebastian, donde inicialmente se podían degustar quesos y vinos, hasta que sus diez mesas, con manteles y cubres multicolores, atendiera a los comensales con servicio de restaurant completo. 

      La última vez que las paredes del comedor escucharon a Renny leer el poema de Aquiles, su voz se detuvo en elogios para el poeta cuando leyó: